Vengo a decir el hombre desde el canto,
desde el oscuro origen de la nada,
del soplo existencial del universo
donde comienza nuestra arcilla humana.
Digo sobre la tierra su estatura
buscándose en la piedra milenaria,
con un compás de chispas y de fuego
al filo inteligente de sus hachas.
Digo en el hierro, el bronce y la madera
dejar el nomadismo que habitaba
y hacer historia al pie de la semilla
cantado por el viento y por el agua.
Digo el intento primero de la aldea,
la aurora inaugural donde la raza
empieza en el ancestro de mi ancestro
a darme con su sangre la palabra.
El encuentro feroz de los cañones,
el cruce de la flecha con la espada
la marcha de la pena y la victoria
que suena en el horror de la batalla.
Y luego el mestizaje de los tiempos,
de quenas, de samponias y de cajas,
el gaucho de a caballo en el sonido
pulsó desde el galope la guitarra.
Y la ciudad después, multiplicando,
la canción de la industria que entonaba
la voz del hormigón y de las luces
el coro de la vida iluminada.
Así llegó a la música mi rumbo,
el vientre de mi madre ya cantaba
su melodía feliz sobre la espera
y en su canción de leche me acunaba.
Cuando la piel pobló mi adolescencia
su musa en pelo largo me rondaba
la rebeldía propia del instinto
para darme la luna apasionada.
Yo mismo me canté las ocurrencias
que el sueño de juglar me recitaba,
el pueblo y su razón en movimiento,
la fruta de tu amor sobre mi cama.
Ahora que ya dejé de ser adulto
porque entendí la flor y su importancia
ando volando el canto desde el ave
para mirarme el niño entre sus alas.
Ahora que me abuené hasta con los malos
y militar de ateo no hace falta
quiero volver al verso del principio
por este canto en paz que nos reclama.