BREVE
INTRODUCCIÓN:
No es
casual ni caprichoso que entre el comienzo y la primera
mitad de los ’80 se produzca un fenómeno al que llamaré
EL CHAMAMEZAZO, un fenómeno que implicó una explosión
del género a nivel país con características nunca antes
vistas.
25 años
después de ese movimiento, en momentos en que ya
comienza a ser y hacer historia trataré de recordarlo
por sus características e intentaré una definición del
mismo para poder dilucidar algunos aspectos poco claros,
los comos y los porqué de tan magno acontecimiento para
nuestro sentir musical.
No
pretendo agotar ni concluir el tema en este ensayo, sino
más bien abrir un debate enriquecedor que nos sirva y
les sirva a los que vendrán. Por lo tanto espero todas
las repercusiones posibles y desde ya agradezco a
quienes se quieran tomar el trabajo de continuar la
charla.
EL CONTEXTO HISTÓRICO Y SOCIAL:
Si bien
el género no tiene una precisión de fechas de creación,
como la gran mayoría de la música nativa, diré muy
someramente que al menos un siglo antes que se
popularizara a través de las grabaciones la palabra
chamamé ya existía y también el género musical homónimo
aunque tal vez con otras denominaciones y
particularidades. La década del ’30 es apenas el punto
de partida de una interminable discusión por la palabra
chamamé, más no del ritmo y de las características de
esta música que viene de mucho antes.
Por
aquellos tiempos ubicamos a los pioneros del género como
Valenzuela, Chamorro, Ramírez, etc. Donde ya pueden
apreciarse diversos estilos interpretativos muy marcados
e inclusive instrumentaciones muy distintas.
Emilio Chamorro con un estilo más rápido y la
incorporación del clarinete como en el caso de San José,
o de la campera denominada Ombú Vuelta donde el acento
musical tiene matices muy distintos a lo que
posteriormente se entendería como chamamé tradicional.
Mauricio Valenzuela con orquestación de violín y la
aparición de la glosa dicha sobre el tema como en el
caso de Aguará Chaí y una síncopa distinta.
El
Cuarteto Ramírez con fagot o clarinete y un estilo
muy similar a la cueca chilena en Llegó el día de mi
santo o arpa en El hormiguero.
Y qué
decir de la interpretación de Samuel Aguayo de
Corrientes Poty con la bellísima orquestación que
incluye esas magníficas cuerdas.
Luego,
en los ’40 y 50, se producen los nacimientos musicales
de los más celebres de todos los tiempos: Tarragó Ros,
Mario del Tránsito Cocomarola, Ernesto Montiel y Mario
Millán Medina y con ellos vendría la primer gran
eclosión del chamamé que pasa de ser música de
Corrientes a ser música del Litoral y de una buena
porción del Conurbano Bonaerense.
Si bien
desde finales del ‘800 hubo una diáspora permanente de
gentes de la Mesopotamia Argentina hacia las grandes
urbes como Buenos Aires y Rosario, los grandes éxodos
del interior hacia estas mega ciudades se produce en los
’40 y ’50 con el auge de la metalúrgica y siderúrgica
sumada a la floreciente industria nacional que requería
mucha mano de obra.
Un par
de décadas antes, digamos años ’20 y ’30, también hubo
un gran éxodo laboral desde Corrientes fundamentalmente
hacia el Chaco y norte de Santa Fe con la explotación
forestal y los cultivos de algodón más otras
explotaciones agropecuarias que demandaban brazos y
espaldas para la labor.
Todas
estas permanentes oleadas de trabajadores que se
diseminaban llevaban consigo un atavismo cultural y
musical que progresivamente iba germinando y echando
profundas raíces en suelos fértiles para ese mestizaje
artístico que nos es una constante a los argentinos como
pueblo joven que somos.
A partir
del ’55 y hasta el ’83, nuestro país sufriría la
permanente interrupción de su vida política democrática
con tantos golpes de estados que ningún gobierno de jure
en ese período llegaría a finalizar su mandato. Casi 3
décadas donde el arte nacional y la cultura popular se
vería manejada y vapuleada por intereses creados a favor
de una pseudo cultura de la liviandad.
Pese a
ello, en mitad de los ’60 se produce la gran revolución
del folklore, la cual trataría de ser acallada por todos
los medios posibles por la dictadura de Onganía-Levingston-Lanusse
que sería el prólogo de la feroz casa de brujas de los
’70.
El
chamamé, que por aquellas épocas contaba ya con otros
cultores de renombre como Isaco Abitbol, Maria Elena,
Raúl Barboza, Ramona Galarza, Vera – Lucero, Armando
Nelli, Damasio Esquivel, los Hnos. Cena, Los Barrios y
tantos otros, no lograba definitivamente insertarse y
hasta me atrevería a decir que era menoscabado dentro
del panorama folklórico nacional pese a que las figuras
más taquilleras del momento nunca hicieron tal
discriminación.
La
década del ’70 está signada por la desaparición física
de los cuatro más famosos del chamamé: Cocomarola,
Montiel, Millán Medina y Tarragó Ros. Lo que de alguna
manera deja espacios y orfandades que de alguna manera
deberían ser llenadas por algo o por alguien. También en
la segunda mitad de esta década se produce un fenómeno
de aculturación para el arte nacional que conlleva a una
importante diáspora y prohibición de los más exitosos
cantores populares como Guaraní, Mercedes Sosa, etc. y
el nunca claro accidente de Jorge Cafrune que, si bien
es previo al golpe del ’76, tiene el mismo objetivo de
silenciamiento forzoso de los años por venir.
Por su
parte, los ’80 en sus comienzos están signados por la
violencia de esa misma dictadura donde pensar era
peligroso y decir lo que se pensaba más peligroso aún.
Donde el folklore sistemáticamente había sido tratado o
como música de negros y borrachos o como bastión del
zurdaje y tantos otros adjetivos denigrantes para el
pensamiento oficial.
En el
’82, junto a la tragedia de Malvinas hay un período de
resurgimiento del espíritu nacional que no solo tiene
implicancias en la música nativa sino también en el por
entonces denominado rock nacional con aquel celebre
BAROCK y La Falda Rock; donde entre otros artistas cobra
fuerza un muchacho de Cañada Rosquín, Santa Fe, llamado
León Gieco.
En el
’83 retorna la democracia y con ella la esperanza en la
reconstrucción de una cultura nacional y la libertad de
expresión.
También
para estas épocas se produce lo que a mi juicio es el
tercer movimiento chamamecero más importante de la
historia del género al que llamaré EL CHAMAMEZAZO.
LA MÚSICA EN LOS ’80:
Sin
ánimo de polemizar sobre la calidad musical de lo que
masivamente se difundía hacia finales de los ’70 y
primeros dos años de los ’80, diré que era funcional al
gobierno de turno la música en inglés con un público que
en su inmensa mayoría no entendía ni una coma de lo que
le estaban diciendo y con canciones en español donde se
podía hablar de amor o de trivialidades pero donde
estaba implícitamente y explícitamente prohibido hacer
cualquier referencia a temas como la identidad y/o
cualquier otra cosa que pudiese ser sospechosa de
subversión. Por suerte, la gran estrechez mental de
quienes prohibían no les permitieron comprender que
algunos lúcidos se las ingeniaron para decir a través de
metáforas aquello que se censuraba permanentemente.
En el
’82, de buenas a primeras, todo lo que tuviera hasta el
más mínimo rasgo inglés era mala palabra y de la noche a
la mañana había que recuperar la música argentina como
una muestra más del patrioterismo que nos inundaba con
los discursos de Galtieri ante una desbordante plaza de
Mayo.
La
aventura bélica de Malvinas que no sirvió para recuperar
las islas, abrió en cambio la puerta para la
recuperación de los espacios de la música en nuestro
idioma y esta vez haciendo la vista gorda a las letras
que de ser insultantes para la ideología castrense
pasaban a ser tolerables en pos de la recuperación del
espíritu nacional.
Pero
nada iba a ser tan fácil ni tan gratuito y tras las
últimas balas y el inminente advenimiento de la
democracia hubo una apuesta final de esos mismos
intereses que gobernaban en el plano comercial para no
ceder tanto terreno e inmediatamente se montó una
campaña de la cual muchos medios de difusión fueron
cómplices para no dejar surgir del todo a ese ser
nacional.
La
permanente subestimación del chamamé como género fue
justamente su gran fortaleza en este caso pues, en lugar
de darle espacio a los consabidos peligrosos
folkloristas de siempre, se le da lugar a este género al
cual nunca se preocuparon en escucharlo detenidamente y
que para el imaginario colectivo era algo así como
música divertida y sin ningún tipo de compromiso.
Por
suerte, para los “meta pensadores” de los distintos
procesos, el chamamé nunca fue un género atendible y
como era música de peones, albañiles y mucamas jamás
repararon en la profundidad de sus denuncias porque de
ser así no se si estaríamos y no me caben dudas que el
chamamezazo no habría sido posible.
EL CHAMAMEZAZO:
El
fenómeno que tiene su apogeo en los ’84, ’85 y ’86
comienza como vengo diciendo hacia el ’82 y termina de
nacer con el advenimiento de la democracia en el ’83.
Por un
lado, un joven correntino que estaba en Buenos Aires,
hijo del más popular chamamecero de todos los tiempos,
que si bien era conocido no se lo tenía demasiado en
cuenta en los ’70, y con el cual hasta se generaban
confusiones con el nombre por similitud con el de su
progenitor. Un avanzado, un fuera de época, un
incomprendido al que no pocos veían casi como un
snobista.
Por otro
lado unos jóvenes de Mercedes, Corrientes, cuyo nombre
para los que no eran correntinos o familiarizados con el
guaraní era difícil de recordar y varias veces apacible
de trastocar las sílabas. Con un letrista tremendo, qué
digo letrista, poeta magnífico. Con un melodista que te
sacudía la cabeza y el alma. Con un fuelle que podía ser
Cocomarola y cuando agarraba el acordeón era Montiel,
sin perjuicio de que además era por si mismo un gigante.
Y con un recitador que te apretaba el corazón con una
expresión tan cálida, profunda y llenadora.
Y por
otro lado un grupo que venía de un ignoto pueblo (bueno,
Ciudad de Ceres) al noroeste de Santa Fe, con una
modestísima formación sin grandes elocuencias musicales
ni poéticas pero que tenía ese gusto a tierra que
traspasa la piel y los sentidos y te hace vibrar.
Disculpen, olvidé mencionarlos por sus nombres; ellos
eran: Antonio Tarragó Ros, Los de Imaguaré y Conjunto
Ivotí.
Antonio Tarragó Ros: un genio no siempre es
reconocido a primera vista y por lo general llega la
polémica y la resistencia antes que la comprensión. La
historia está minada de estos casos pero sin ir más
lejos podemos ver ejemplos en nuestros días y aquí en
nuestro país como Piazzolla o Charly García.
Aquí
donde criticar antes de conocer es un deporte
ampliamente practicado y donde creernos dueños absolutos
de la verdad sin mediar fundamentos suele ser una norma,
aquí le tocó tocar a este fenómeno.
Reducirlo a Antonio a un excelente chamamecero es
negarle gran parte de su talento ya que trascendió no
solo las fronteras físicas y musicales de Corrientes y
del chamamé, sino del folklore argentino y aún de la
música argentina.
Hasta la
irrupción de tan magno artista nadie en el chamamé se
había atrevido a animarse a tocar con un rockero y menos
aún a componer y grabar juntos. Pero Antonio, con esa
visión que lo eleva por sobre lo mundano y lo común se
junta con otro genio que a su vez se atreve a trasponer
las fronteras del rock y sin pruritos crean una de las
obras más bellas y profundas del cancionero popular (y
lo digo de este modo para evitarme la eterna discusión
de si es o no chamamé) llamada Canción para Carito. Y no
conforme con eso, al año siguiente graba un schotis
dedicado al Pai Julián Zini, también en coautoría con
León, a los que le seguirían otros grandes éxitos como
Cachito campeón de Corrientes y Camino de tierra y luna.
Si bien
Canción para Carito es grabada en el ’81 en el disco
Tarragoseando, su máxima popularidad se da meses después
cuando en el ’82 los medios redescubren a este gigante
que ya llevaba una década creando inolvidables éxitos
como por ejemplo María Va, grabada en el ’77, Taipero
Poriajhú en el ’75 y Evocación de la ternura en el ’73.
El
día que el chamamé fue a la universidad
Inquieto, prolífico, de a ratos hasta controvertido,
provocador y transgresor pero con un vuelo y una
perspectiva solo reservada a los maestros, Antonio
comienza un raid de éxitos que lo colocan en la cúspide
del canto nacional y que lo hacen y nos hace trascender
como chamameceros. Cúspide que se elevaría aún más
cuando aparece Teresa Parodi y crean esas obras
colosales que todos conocemos y que sería redundante
nombrar.
Por
aquellos años del comienzo de la democracia me acuerdo
que ingresaba a la universidad y grandísima fue mi
sorpresa cuando en la peña de bienvenida se cantó María
va, Canción para Carito y Pueblero de allá ité. Debo
admitir que recién ese día comencé a darme cuenta que
algo había cambiado, que algo había sucedido en el
chamamé, que sin ningún ánimo de menosprecio y con todo
el respeto y cariño que me merece lo que voy a decir: el
chamamé había dejado de ser música de menchos y ahora
estudiaba en los claustros universitarios.
Fue
recién entonces cuando entendimos que había llegado un
mesías del chamamé que se llama
ANTONIO TARRAGÓ ROS.
Los
de Imaguaré: este grupo mercedeño nace allá por
mediados del ’77 pero sería en el ’81 con su
consagración en Cosquín que tomarían verdadero estado
público nacional y desde allí una magnífica carrera
musical que llega hasta nuestros días.
Costaba
al comienzo retener el nombre para quienes no estaban
familiarizados con el guaraní, algunos decían los de
iguamaré pero pronto este grupo de altísima calidad
poética y musical se ganaría la preferencia no solo de
montieleros y cocomaroleros sino de aquellos que recién
incursionaban en el chamamé desde una postura un poco
más intelectual si se quiere.
Imaguaré
incursionó en varias temáticas y aunque sin dudas
quedaron bellísimas obras románticas, lo social, lo
histórico y la permanente búsqueda de la identidad
fueron sus banderas más sobresalientes.
La dupla
compositiva de Julián Zini con Ricardo Tito Gómez fue
tan buena que prácticamente todos los temas de ambos que
se llevaron a las placas discográficas fueron éxitos
inmediatos. Zini con su profunda simpleza literaria y
Gómez con esa capacidad melódica incomparable, sumado al
consabido virtuosismo interpretativo de Joaquín Sheridan
y todos los adjetivos que le caben a Julio Cáceres como
decidor, glosista y declamador hicieron un cóctel tan
exquisito que cautivó por igual a jóvenes y viejos,
conocedores y desconocedores, gentes de los más diversos
sectores sociales y entonces si por fin comenzaban a
florecer esas semillas que venían germinando larga y
demoradamente: LA INSERCIÓN DEFINITIVA Y LA ACEPTACIÓN
CON ORGULLO DEL CHAMAMÉ DENTRO DEL FOLKLORE NACIONAL.
El
día en que el chamamé contó su historia
No puede
atribuírsele a Imaguaré la creación del chamamé canción
porque sin dudas ya existía pero de lo que si estoy
seguro es que a partir de Imaguaré ya nunca nada fue
igual. Con Niña del Ñangapirí se abrió una nueva etapa y
se abrieron puertas y ventanas hacia horizontes de la
creación que estaban un tanto vedados y apenas
explorados por otros adelantados como Mateo Villalba,
Pocho Roch, Cholo Aguirre y Edgar Romero Maciel. Esa fue
una de las grandes virtudes de Imaguaré.
Pero si
algo faltaba para que este grupo se llevara los máximos
pendones de gloria fue la aparición de tres trabajos
consecutivos que a nivel literario y musical marcan un
antes y después en el chamamé: CHAMAMECERO – NUESTRO
CANTO - MEMORIAS DE LA SANGRE.
Ese día
el chamamé contó su historia con todo el orgullo de la
identidad bien ganada ya en los entreveros de sables y
lanza como en los surcos con su inquebrantable vocación
de cultivos, como en su inmensa riqueza poético-musical.
Los de
Imaguaré, con el rescate de los más grandes poetas
litoraleños como Zini, Ruveda, Sosa Cordero, Morales
Segovia, nos pusieron al mismo nivel literario del norte
con Castilla, Dávalos, Petrocelli o de Cuyo con Tejada
Gómez, Palorma y Agüero o Buenos Aires con Discepolo, o
Santiago con Dalmiro Coronel Lugones, Rojas y tantos
más.
Conjunto Ivotí: en el ’82, en Ceres, Santa Fe,
puerta a la provincia de Santiago del Estero, nacía un
conjunto que como tantos otros de esa región llevaba una
raíz tarragocera en las venas y en el estilo. Pero este
conjunto a diferencia de los otros aparecía con temas
propios y con más brios aún que el estilo de origen.
Ivotí no
apunta hacia donde se perfilaba la nueva corriente
chamamecera signada por Antonio Tarragó Ros y Los de
Imaguaré sino que elije el espacio de las jineteadas,
las bailantas y los festivales, con melodías y letras
simples y con un ritmo contagioso y alegre, tan
necesario para un país que intentaba salir del infierno
del terror, las garras de la represión, el dolor de una
guerra y la tristeza de la derrota.
Este
grupo fue una inyección de vida para una multitud que
necesitaba olvidar sus penas y sacarse la “mufa” con un
poco de esparcimiento. Por eso encuentra un terreno tan
propicio y por eso consigue un éxito inesperado en tan
poco tiempo.
Puede
que para muchos que solo analizan la capacidad musical
de un solista o grupo, Ivotí, resulte un tema menor,
pero no así para quienes saben leer los contextos y las
circunstancia ni tampoco para un pueblo que compró
cientos de miles de discos y se identificó con ese
estilo que jamás tuvo el espíritu de los anteriores sino
que apostó de lleno a la diversión que a mi entender
también necesaria en nuestras vidas.
El
día en que el chamamé volvió al campo
No se si
el chamamé nació en el campo pero de lo que si estoy
seguro es que nunca encontró un ambiente más apto y
ameno que el medio rural. Me atrevo a decir que junto a
la milonga surera o de las pampas es el género que más
identifica al hombre campesino y he aquí el otro gran
secreto del éxito de Ivotí en este medio donde ya de por
si el chamamé es dueño y señor.
En
general, ese canto surero y más precisamente el relato
por milonga suele contar y cantar a los elementos del
hombre como su caballo, su apero, sus costumbres.
Observen que Ivotí sintetiza estas dos vertientes
musicales que tanto confluyen en la provincia de Santa
Fe, norte de Buenos Aires y en buena parte de la pampa
húmeda como así también en el sureste de Santiago del
Estero, noroeste de Córdoba, etc. y es allí donde
prolifera la propuesta de estos santafesinos y
justamente por esa misma influencia del canto surero y
por esa misma razón encuentra tanto eco luego en el sur
de nuestro país, en provincias donde el chamamé había
andado pero donde no se había afincado.
Antes de
continuar es referencia obligatoria establecer que quien
pone la simiente chamamecera en los campos de la pampa
húmeda es Tarragó Ros en su inmensa mayoría y también
Millán Medina en buena parte. Pero si en pueblos y
ciudades Tarragó fue el rey, en los campos fue un dios.
Ivotí en
su gran mayoría habló del campo y de un campo y un
paisaje que no era precisamente el mesopotámico sino el
de la pampa húmeda y del monte santiagueño.
Tal vez
por este lado se explique dos cosas: el porqué luego
aparecerían tantos conjuntos con ese estilo en el
sureste santiagueño, oeste santafesino y aún en el sur y
el porqué nunca fue muy bien visto que digamos en
Corrientes.
El
fuerte de Ivotí fue la pampa húmeda, donde aún los
pueblos son una extensión del campo y quien más quién
menos tiene una vivencias campesinas, sumado esto a
corrientes inmigratorias donde los genes vivaces de la
tarantela y la estridencia del paso doble están muy
marcados en sus habitantes mixturándose con el alma
criolla de los versos gauchescos.
CONSIDERACIONES:
El
chamamezazo fue el fenómeno mediante el cual se
jerarquizó y se expandió el chamamé en los ’80,
implicando también la aceptación definitiva del género
como una parte vital del folklore.
Es
cierto y justo reconocer que el Litoral venía ganando
espacio con Los Hermanos Cuesta y la chamarrita y que
por ejemplo Puente Pexoa, con aquella recordada versión
de Los Trovadores había hecho furor; inclusive Horacio
Guaraní con Pescador del Paraná, Jorge Cafrune con El
último Sapucai, o María Elena, o las ya varias versiones
de Merceditas o por qué no Montiel con La Vestido
Celeste y Coco con Km. 11 y si queremos remontarnos más
atrás aún con Antonio Tormo y la exitosísima versión de
El Rancho ‘e la Cambicha. Pero es también justo decir
que con Antonio, Imaguaré e Ivotí se logra que ya no
podamos contar (enumerar) los temas y se abran las
puertas para otros innumerables grupos y solistas
excelentes al punto que no se si haya hoy otro género
que cuente con tantos cultores como el chamamé.
Tan
potente fue este movimiento que abrió también las
puertas más allá de la Patria Grande y derrumbó
fronteras alcanzando no solo a los países limítrofes y
Estados Unidos sino también Europa. Mas eso es tema que
dejaremos para analizar tal vez en otro momento.
Cerca de
5.000.000 millones de discos y cassetts de chamamé se
vendieron en esa década pese a las dificultades
económicas que se hacían sentir. Todas las discográficas
importantes del país tenían entre 3 y 5 artistas del
género.
Este
gran impacto se prolongó por más de una década, dejando
un legado que con lógicos altibajos sigue influenciando
el presente del género, generando una perspectiva
histórica de cara al futuro más que interesante y digna
de seguir analizando y recordando.